abril 29, 2008

Baylón



Cuando la fotografía se parece más a la literatura que a la pintura podemos decir que estamos ante un gran artista. La narración fotográfica no es fácil de conseguir. Sugerir historias desde fogonazos fugaces de un flash necesita de una actitud vital, de un interés por comunicar algo, por entender el mundo, y no simplemente del conocimiento práctico de traspasar la realidad a la película fotográfica.

Luis Baylón (Madrid, 1958) nos cuenta 70 historias en 70 fotografías tomadas entre finales de los 80 y primeros años del 2.000. Su olfato callejero, comparable al de su “maestro” Alberto García Alix, descubre la contradicción, la macabra ironía y la despiadada esperanza que habitan en la fauna de las aceras. Prostitutas, mendigos, lisiados, perros, gatos, loteros, jubilados, carteristas, horteras y chulos. Todos se ven descubiertos por la Rolleiflex alemana de dos objetivos de Baylón sin que ellos mismos lo sepan, confiados en el supuesto anonimato que nos conceden las metrópolis.

Esa manera de hacer fotos sobre la marcha, sin avisar, a traición, es uno de los puntos fuertes de este fotógrafo de lo casual. Pero lo casual es muy difícil de capturar. No es lo primero que entra por el objetivo. Es lo que nos da la idea de la casualidad: una yonqui derrengada delante de un cartel donde se lee que Dios reparte suerte, una vieja mendiga junto a una revista en la que también se lee un artículo titulado “Para mujeres que esperan más de la vida”, un par de monjitas ante el escaparate de una lencería… La ironía del destino hecha imagen.

Así, las historias de Baylón podrían dividirse en diferentes loes: Lo marginal. Lo kistch. Lo cutre. Lo hortera. Lo inquietante. Lo popular. Al más puro estilo de la novela negra o de la novela sucia realista. Porque, si se sueña con poder escribir con una cámara fotográfica, Baylón lo demuestra. Imágenes explícitas, sí, pero con una capacidad ilimitada para hacernos fabular sobre lo que hay realmente detrás de ellas.